Dispositivos de protección, por nuestro bien

Higiénicas, quirúrjicas, con válvula, N95, FFP2, etc., son varios los tipos de mascarillas que hemos podido ver desde que esta difícil situación comenzara. Todos, en mayor o menor grado, en algún momento hemos confiado en estas y otras medidas, con objeto de que nos protegieran de aquello con lo que hemos sido atemorizados 24/7.

Se trata del ‘patógeno asesino’ bautizado como SARS-CoV-2. A él se atribuye, en el peor de los casos, un índice de mortalidad máximo de 0,12 %, es decir, un total de 10 millones según datos oficiales y sin tener en cuenta las irregularidades generadas por el sucio negocio de las ‘comisiones por positivos’. Esta cantidad podría compararse a los 8 millones de muertos en relación al tabaquismo, si no fuera porque en el caso del tabaco estas cifras son anuales, ¿acaso se ha prohibido este letal y nada ‘eco-friendly’ producto? Pensemos un poco, por favor.

En ningún momento se pretende negar aquí la existencia de una patología que se ha llevado la vida de muchas personas, entre ellas seres queridos 😢. Que Dios los guarde en su dichoso regazo ❤️. Sin embargo, la ingente cantidad de testimonios, estudios e investigaciones, en aumento cada día que pasa, nos revelan otra realidad diferente a la ‘oficialista’. Otra realidad que cuesta afrontar por miserable y funesta.

Obligación para algunos, negocio para otros…

Es cierto que la narrativa dada nos lleva — o ha llevado — a utilizar estos dispositivos faciales muchas horas al día, siendo un argumento verdaderamente potente ese que reza ‘protégete tú, y protege a los más vulnerables’. Tanto ha permeado esta hipocondriaca idea en la psique colectiva, que vemos individuos portándolas en todo tipo de escenarios, incluso en total soledad. Y no es que resulte incomprensible — la ‘Psy-Op’ ha sido intensa — o que no haya que garantizar la libertad a utilizarlas, como ya hace la DUDH o nuestra Carta Magna. Es que parece tratarse del resultado de una campaña que ha perjudicado a la gran mayoría de la población, a costa de unos pocos beneficiados.

A golpe de ‘decretazo’, se han venido imponiendo por los diferentes mandatarios normativas que ulteriormente han sido anuladas por inconstitucionales. Es decir, los gobiernos juegan con el lapso de tiempo que suelen necesitar las instituciones judiciales para pronunciarse sobre los asuntos. En base a este método, han elaborado y aplicado normativas que indudablemente han producido efectos, por lo menos hasta que han sido judicialmente interrumpidas. ¿El resultado?, una sociedad perjudicada por acciones gubernamentales que han lesionado sus derechos fundamentales y libertades públicas, en una forma tan amplia que plasmarlo aquí extendería el texto más de lo pretendido.

Así, hemos sido testigos de cómo esta obligación, controversialmente jurídica — pese a sentencia del TS —, se ha impuesto a los ciudadanos de forma estricta. Sin embargo, se ha convertido también en un suculento negocio para aquellos con posiciones ‘privilegiadas’, baste el ejemplo ocurrido en la Comunidad de Madrid. A su vez, hemos visto lamentables escenas de políticos visitando escuelas sin el cubrebocas puesto, mientras los niños les observaban ‘protegidos’ hasta el entrecejo. O qué decir de las fiestas de caciques en tiempos de confinamiento, y otras aborrecibles conductas de quienes pretenden controlarnos.

El problema de las mascarillas

Y cuando todo este triste episodio de emergencia sanitaria parece amainar, con algo más de calma podemos preguntarnos por los daños colaterales generados. Ecológicamente hablando nos enfrentamos a un problema; el problema de las mascarillas. ¿Sabías que tardan hasta 400 años en degradarse en el medio natural?, ¿o que se estima una cifra de 125.000 millones de mascarillas tiradas a la basura cada mes?

Dada la gran cantidad de unidades utilizadas en todo el mundo, y su prevalente carácter desechable, representan ya un grave peligro medioambiental. Los plásticos que contienen resultan contaminantes en la incineración de desechos biológicos, y su presencia en el medio acuático también genera toxicidad por la fotodegradación en microplásticos. Para los animales resultan muy perjudiciales; a veces se da que las confunden con comida y otras se quedan atrapados en ellas. Es horrible.

Es nuestra responsabilidad y está en nuestra mano hacer todo lo posible por solucionar esta situación. Se sabe que el uso de mascarillas es lesivo* para la salud debido a la hipoxia que provocan, ya que favorecen la acidosis del organismo y contribuyen la carcinogénesis, entre otros males. No obstante, ante el libre empeño de usarlas, hay gestos que ayudan a reducir su impacto negativo en el medio. Un ejemplo es cortar sus gomas antes de tirarlas, para evitar que se enganchen. También inclinarse por aquellos modelos que sean reutilizables, reciclables, o incluso biodegradables. Y en tanto logremos pasar página, recuerda que la clasificación de los residuos es beneficiosa para la sustentabilidad, y el lugar de las mascarillas es el cubo de fracción resto, gris o verde en función del municipio.

.

* Las ‘agencias de verificación’ que aparecen en los primeros puestos de los buscadores de internet, subencionadas y estratégicamente allí indexadas por grandes intereses, te negarán la certeza de estos datos. Investiga por ti [email protected]

(Si te preguntas dónde, aquí tienes una sugerencia, aunque hay muchas más)

.

ÚNETE A EARTHEALERS 💚

.